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Confía en tu cuerpo para tener una lactancia feliz

Por: Ana Hanssen

 

Cuando estaba embarazada por primera vez, pensaba que el día en que naciera mi bebé, la lactancia iba a darse de forma automática y sin esfuerzo. Por eso, confieso que durante el embarazo fui a una o dos clases sobre lactancia, y no le dediqué mucho de mi tiempo a pensar en cómo sería dar pecho. Estaba segura de que mi cuerpo sabría.

Es cierto, mi cuerpo sabía. Sin embargo, en esos primeros instantes de amor con mi bebita -a quien tuve sin medicamentos y en el agua me inundó la duda: ¿podré amamantar?

       

   

 A las mujeres por tradición patriarcal, consciente e inconscientemente, nos han programado para dudar de nosotras mismas y del infinito poder de lo femenino. En parte creo que mi rebelión a eso fue haber decidido parir en casa, en el agua, acompañada por una partera a la que quiero y admiro por todo lo que me ha enseñado sobre mi esencia. Ella fue quien me recordó que debo confiar en mi cuerpo y me acompañó dos veces en la profunda transformación de la maternidad.

¡Claro que puedes! ¡acabas de parir a tu bebé! me dijo con firmeza y cariño para aclarar mis dudas sobre la lactancia.

Sin duda mi bebita estaba ahí para enseñarme mucho sobre mi misma.

 Pensé entonces que la lactancia es como un bailar con una pareja nueva a un ritmo nuevo. Entonces, puse pausa a esta vida que no para ni aún cuando acabamos de dar a luz, cuando el universo interior nuestro se detiene para poder contemplar nuestro propio nacimiento como mamás.

Tuve momentos difíciles, pero siempre la certeza de que mi leche era y es (sigo amamantando a mi hijo de 3 años) perfecta y más que suficiente para mis bebés. Que es un líquido vivo, que se mueve y cambia en la intimidad de esa relación mamá-bebé; que es una fuente infinita de nutrición física y emocional.

                                                                 

Sé que las primeras dificultades que tuve con la lactancia hicieron que hoy sea la mejor experiencia de amor de mi vida. No eran problemas irremediables: en realidad, tenían que ver con mis ganas de medirlo todo: ¿cuánta leche me sale? ¿cada cuánto debo dar pecho? . Pero gracias a mis bebés, mis grandes maestros, entendí que lo mejor para que la lactancia materna se de en armonía, es dejarla que fluya sin la rigidez de los tiempos ni de los “deberías”; es liberarse de las fórmulas matemáticas que encasillan a los bebés en un patron robótico.

 Entendí que se puede y se vale pedir ayuda cuando nos sentimos vulnerables recuerriendo a recursos como asesoría con una consultora de lactancia, apoyo de otras mujeres de la familia, el uso de un extractor de leche o los maravillosos inventos como Lacti-cups para no desperdiciar ni una gota.

 La paciencia, la persistencia y la incomparable conexión cuerpo a cuerpo con ese bebé que salió de nosotras son la mejor receta para una lactancia feliz. Y por supuesto, confiar en que el cuerpo femenino en su infinita sabiduría, es capaz de dar vida y de nutrirla por el tiempo que esa poderosa unidad mamá-bebé, lo decida.


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